Unos momentos más de vida y belleza a la muerte

El oficio al que Luis Adrián Andrade Limón se dedica le ha llevado a tener por confidente a la muerte, cuando ésta visita la zona Ciénega de Jalisco, a adoptar un estilo de vida que le confrontó a sus miedos y que con el tiempo le otorgó  una visión diferente del mundo, de la vida y del final de ella.

 

A simple vista no parece de lo que se trata, a menos que se lleguen a ver los ataúdes exhibidos en una de las salas con vista a la calle; el edificio color vainilla, de grandes ventanales de cristal es atravesado por la luz del sol de la media tarde. A ese lugar arriba Adrián Andrade, quien al igual que la muerte no tiene un horario fijo de trabajo, por ello, va llegando relajado y se instala en una de las oficinas de Sipref, la funeraria en Ocotlán donde presta sus servicios como embalsamador y maquillador de cuerpos.

Luis Adrián Andrade Limón
Andrade Limón, lleva una medalla de San Benito colgada al cuello. Su religión ha sido gran aporte en valores morales para él.Escribir una leyenda

Ahí está Adrián, sentado en un escritorio de vidrio  hablando sin vacilo sobre su laboratorio, el cual se encuentra un piso abajo y a escasos treinta pasos “Mide siete por cuatro metros, cuenta con buena iluminación, tiene extractores y ventiladores para una adecuada circulación del aire y los gases, así como una barra de azulejo, como la de cualquier cocina, que funciona como plancha o como mesa de trabajo” agregó.

Sustancias químicas como el formol, pre inyectores, mezclas de glicerina, líquidos para cavidades, mangueras, contenedores de desechos y bisturí, son los utensilios que funcionan como herramientas para transformar lo que, con el tiempo, se ha convertido para Adrián en su materia prima, los cuerpos humanos sin vida.

Con los químicos que Andrade Limón usa  “hay que tener mucho cuidado” y advierte que es importante conocer el certificado de defunción “debes conocer las causas de la muerte, ya que dependiendo de ellos y de las enfermedades que tuviera en vida son las sustancias que debemos utilizar para evitar la descomposición del cuerpo, así como exhalaciones de fluidos u olores que puedan ser tóxicos”.

La imaginación es un influyente factor cuando Andrade “arregla” un cuerpo, ya que debe visualizar como era la persona en vida, en base a ello, limpiar su cara, peinar su cabello cómo le gustaba hacerlo, maquillarlos y hacer que se vean más contentos, en ocasiones, inclusive, un tanto sonrientes, lo que logra masajeando los músculos de la cara.

Una de las cosas más importantes a la hora de “hacer un servicio” es el respeto, ya que “estás trabajando con el cuerpo que habitó un persona y todos vamos a pasar por ahí” objeta y explica que inclusive “Yo vengo, hago mi trabajo, me voy y si a la media hora me preguntas si era hombre o mujer, no sé, no me pongo a ver, ni los nombres siquiera”.

Tiene una relación cercana con la muerte, en ocasiones le habla a través de los cuerpos, les platica su vida, les cuenta sus penas y hasta los regaña, al tiempo que  lo que los prepara para ser presentados una última ocasión ante sus seres cercanos.

Más de 4 mil son las veces que Adrián Andrade a ha logrado, en siete años “ayudar a que los familiares, de quien fue una persona, a que tengan un poco de tranquilidad” describiendo así su labor, que no sólo consiste en embalsamar cuerpos, sino a embellecer a la muerte con maquillaje y pinturas.

Pero para Luis Adrián ser embalsamador no es algo con lo que soñaba en dedicarse, admite que “nunca, nunca en la vida me había pasado por la mente que trabajaría en una funeraria” ya que antes de estar aquí tenía un estilo de vida muy distinto al que ahora lleva, llegó a mantenerse de carpintero, ayudante de albañil y programador de maquinaria pesada.

Luis, de piel apiñonada, estatura de un metro setenta y cinco centímetros y labios delgados como su complexión física, tiene manos gruesas con un poco de callosidades que su ocupación le obsequian; pero también, sobre su barba de candado, se aprecia su nariz aguileña un tanto desviada, la que atestigua una juventud cargada con algo de  osadía y violencia, como él mismo dice “los putazos me encantaban como las tortillas”.

El convertirse en lo que es ahora le costó esfuerzo, ya que al formar parte del equipo de Grupo Sipref, hace nueve años, ya tenía y tiene tres hijos, a los cuales veía sólo a lapsos pequeños de tiempo durante el día “en ocasiones sólo llegaba a casa; mi esposa me daba una nueva maleta con ropa, les daba un beso a sus hijos y me iba de nuevo” lo que a la larga, le costó la separación con su pareja y el ver un poco menos a suscuatro  hijos. Al hablar de ello, es el único momento en que Adrián cambia un poco su tono, en éste se asoma un poco de tristeza.

Luis Adrián, asegura que el tiempo le ha cambiado la sensibilidad “te vuelves más frío, ya no cualquier cosa te sorprende, ya cosas muy impactantes te parece algo normal”. Dicha opinión la comparte Salvador Ochoa, también oriundo de la ciudad industrial, quien fuera embalsamador hace algunos años.

En su lugar de trabajo, ahora, a diferencia de hace algunos años, se comporta más serio de lo que realmente es, inclusive la opinión que de él tienen sus compañeros así lo demuestra “Adrián es muy serio, a veces parece frío y sus respuestas siempre son muy meditadas” aporta como opinión Gustavo Higareda, supervisor de la misma empresa.
El adecuarse a su modo de vida actual le llevó aproximadamente tres a cuatro años, en los que le ha tocado “arreglar” incluso a amigos, conocidos y familiares entre los que se incluyen tíos y su abuela paterna hace tan sólo unos meses. Situaciones que le han llevado a Adrián a percibir la muerte de una manera distinta. Entiende que “aprendí que ellos tenían una línea marcada, al igual que todos, una de la que no vamos a pasar”.
Estar en dónde está ahora fue un proceso largo, asiente Luis que parte importante es el carácter o el mismo perfil de las personas, ya que no cualquiera puede dedicarse a una práctica que data de hace tres a cuatro mil quinientos años A. de C. fechas desde las que se tiene registro con las momificaciones egipcias y de otras culturas.

Por el momento, Adrián está muy adecuado a sus tiempos; ve a sus hijos cada que puede y dice hacerlo mucho más que antes, también tiene una nueva relación amorosa, con quien no tiene problema en que su empleo, ese que ama, le ocupe casi toda su rutina y en el cual  “hace un arte y deja los cuerpos realmente vivos” como dice su jefa Miriam refiriéndose a su trabajo.

No todo son obligaciones, Luis dedica también parte de su tiempo libre a su otra pasión, los gallos “yo soy gallero, amo los gallos” expresa con un leve sonrisa que irradia felicidad. Cría y entrena gallos de pelea para competir  o vender, argumenta que “algunas personas lo ven malo, pero ellos ya traen el instinto, he visto a pollitos pelearse desde chicos”.

Para el futuro, Luis Adrián Andrade Limón quiere seguir haciendo lo que hace, aprender y crecer personal y profesionalmente. Actualmente es jefe de todos los embalsamadores de la zona, por lo que inclusive suele estar más ocupado que antes.

Hoy, el miedo es el único sentimiento que los ojos almendrados marrón claro de Adrián no reflejan, en ellos, se dibuja una mirada de calma total, su voz ecuánime, lo reafirma diciendo que “este trabajo me ha ayudado incluso a combatir algunos miedos que traía, actualmente no le temo  a nada, ni a la muerte”.

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